Las redes son la comida chatarra de la atención humana:
8/06/2026

Las redes son la comida chatarra de la atención humana:

Tremenda columna para entender esta etapa de la era digital. La sobre abundancia del contenido corto vertical, es intento por despegar de la "adicción" a las aplicaciones cruzada por lo que Bourdieu llama "habitus". No todos están en la misma condición de lograrlo. "Para sustituir TikTok por un curso de cerámica, una biblioteca pública con horario decente o un club de lectura, hace falta un ecosistema cultural alrededor del cuerpo".

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Hace casi diez años pasé una temporada en Madison, Wisconsin, en una de esas estancias de investigación que tan bien quedan en el currículum y tan poco entiende la familia. Madison es una ciudad pequeña para lo que son las ciudades en las Américas, universitaria, con varios lagos en medio y dos extremos sociales que se tocan sin mezclarse demasiado. Aprendí a moverme entre ellos casi sin querer, porque salía a correr por las tardes y los fines de semana caminaba sin rumbo tras comprar verduras en el Farmers’ Market. Mis itinerarios solían atravesar barrios que parecían ciudades distintas separadas por una avenida.

En la zona del campus y en los suburbios del oeste (Shorewood Hills y las calles arboladas que bajan hacia el Mendota) había mucha gente que podríamos denominar como gente fit. Carriles bici, buenos gimnasios, mujeres con leggings de marca empujando carritos caros del Whole Foods, hombres mayores que parecían cincuenta y tenían setenta. Cuerpos cuidados, ligeros y atléticos.

Si uno se alejaba hacia el sur o hacia las zonas obreras del este, el paisaje humano cambiaba con brusquedad. Más volumen corporal, más cansancio, otras formas de andar. Y, sobre todo, otra forma de comer. Donde la clase media alta tenía una tienda de productos frescos cada dos manzanas, en los barrios menos pudientes había, sobre todo, Taco Bell, McDonald’s, Dairy Queen y gasolineras con refrescos del tamaño de un cubo.

Una tarde cuando volvía a casa, paseando, vi a un hombre muy grande sentado en un bordillo, comiendo pollo frito de un cubo casi más grande que él, con la mirada perdida en el aparcamiento de uno de esos establecimientos. Me llamó la atención porque no había visto nunca jamás un cubo de ese tamaño. No había nada que juzgar en él, pero no podía dejar de contemplar la escena, una tarde de un miércoles cualquiera a eso de las cuatro. A pocas calles, un grupo de runners con auriculares y relojes carísimos hacía trabajo de series junto al lago.

Las dos escenas no estaban conectadas per se, pero esa diferencia entre el del pollo y los corredores es de las cosas que más he comentado con gente al volver aquí, porque era algo muy visible. Tanto que durante toda mi estancia lo constaté muchas veces más. Cuando pienso ahora en aquellas escenas me parecen parte de una postal del siglo XXI entero: dos cuerpos, dos paisajes, dos rentas, dos formas de habitar el mismo país. Y, encima, una conversación pública casi siempre dispuesta a insistir en que el problema del hombre del bordillo es su fuerza de voluntad. Podría estar corriendo, no atiborrándose de pollo frito.

Los datos que podemos manejar para justificar mis observaciones son tan aburridos como claros: la obesidad adulta en Estados Unidos afecta al 31,6% de quienes tienen un título universitario y al 44,6% de quienes no pasaron de la secundaria. Entre los hijos de padres con estudios universitarios, la prevalencia infantil rondaba hace unos años el 9,6%; en los hogares con estudios mínimos, se disparaba al 21,6%. Más del doble. La obesidad estadounidense (no dudo que fuera también), como era de esperar, se reparte por barrio, por horario, por sueldo o por planificación urbana hostil al peatón... Es decir, por condiciones de posibilidad. Nunca es azarosa.

Aquellos paseos y las intuiciones que llevo años rumiando me parecen ahora la espina dorsal de casi todo lo que escribo aquí. Comer fast food de forma habitual no es (solo) una mala decisión personal, es algo que forma parte del paisaje, del contexto, algo estructural. Y casi diez años después… estoy convencido de que en internet está pasando exactamente lo mismo.

La hamburguesa atencional


Las plataformas algorítmicas funcionan hoy como el gran fast food de nuestra economía atencional. Resultan ubicuas. Coste cero. Son hiperpalatables y esconden una densidad estimulante salvaje, lo cual disimula estupendamente su vergonzosa falta de nutrientes. Tienen una arquitectura (idéntica a la de un ultraprocesado cualquiera) diseñada para reventar los circuitos de recompensa más arcaicos. Y lo hacen con una agresividad a la que ni un ensayo, ni un disco clásico, ni un largometraje pueden ni quieren aspirar.

Tim Wu lo cuenta bien en Comerciantes de atención: esa parte de internet que es “gratis” es el último episodio de una larga historia que empieza con la prensa barata del XIX y pasa por la radio comercial y la televisión por cable. Y el trato apenas se ha movido un milímetro: entretenimiento regalado a cambio de tu tiempo, que luego se subasta al postor que ponga más dinero.

Ya sabemos que la publicidad existe desde siempre. Pero su nivel de afinación actual resulta puramente quirúrgico. El algoritmo de TikTok o los Reels frente a la tele tradicional... es el mismo salto que darías de una patata asada a un bote de Pringles. Pura ingeniería de laboratorio. Diseñada para que el siguiente mordisco sea innegociable. Para que no haya stop.

Aquí entra Bourdieu, que es a quien hoy voy a llevar todo el rato dándole vueltas por debajo. Su sociología ya nos avisó (mirando cosas como qué comemos, qué arte consumimos o qué deporte hacemos, bastante antes de que la web asomara la cabeza) que el gusto no cae de las nubes. En contra del clásico mito romántico, el gusto se hereda, se entrena y funciona ante todo como herramienta de exclusión. El capital económico (lo que puedes pagar), el cultural (lo que has leído o mamado en casa) y el social (con quién te juntas) nunca operan aislados.

Se trenzan para formar un habitus. Esa forma de estar en el mundo que a los privilegiados les brota de forma natural, pero que expulsa a cualquiera que mire desde los márgenes. Bourdieu ya enseñó que eso que llamamos "alta cultura" funciona como una barrera de facto. Nadie va a prohibirte entrar físicamente en una galería o sentarte en un auditorio. Lo que pasa es que están organizados de tal modo que ahí dentro no entiendes nada, y esa incomprensión te recuerda rápidamente de dónde vienes. La trampa (magistral y perversa al mismo tiempo) es que el sistema genera su propia legitimidad. El que está dentro cree que es puro mérito suyo. Y el que se queda fuera asume que el fallo es exclusivamente suyo (el clásico y doloroso "yo es que de esto no entiendo"). Eso es distinción. O, diciéndolo con sus palabras, violencia simbólica. Una desigualdad estructural que se ha interiorizado tanto que acaba por parecer el destino natural de las cosas.

En La distinción asoma otro concepto fundamental para entender el desastre de los feeds. Me refiero a eso que Bourdieu bautizó como “gusto de necesidad”. Lo formuló prestando atención justamente a la comida. Observó que las clases populares, arrinconadas por la urgencia material, acababan prefiriendo lo abundante, lo calórico. Eso que te llena rápido y cuesta poco.

No era ninguna elección libre que pudiéramos comparar alegremente con el refinamiento burgués. Era un mero acople subjetivo ante una carencia objetiva y material. El cuerpo acaba interiorizando el deseo por aquello que el bolsillo le permite tolerar, y luego lo disfraza bajo la etiqueta de “esto es lo que me gusta”. Ese gusto de necesidad transforma la coerción de la estructura en una preferencia íntima. Y, de paso, regala una coartada moral para despreciar a los que menos tienen, acusándolos de no saber elegir.

Es difícil encontrar una metáfora mejor para describir la actual maquinaria algorítmica. TikTok, los Shorts o los Reels son la versión digital de ese grasiento cubo de pollo frito. Cantidades ingentes de contenido, saturación pura de estímulos y un diseño milimétrico pensado para horarios astillados. El formato ideal para la espera en la parada del bus, los quince minutos de pausa laboral, o ese cansancio crónico que te imposibilita leer cincuenta páginas seguidas.

Si miramos la superficie, el acceso a la red ha vivido una democratización bochornosa (por desgracia, casi cualquier menor occidental lleva hoy una pantalla encima). Pero el uso real (qué aparato en concreto, durante cuánto tiempo, con qué fricciones, bajo qué tipo de acompañamiento o con qué otras alternativas al alcance) se ha estratificado de un modo que me recuerda demasiado a cómo se alimentaba la gente de Madison.
Casi todas las cifras apuntan en esa dirección.

Un informe del año 2025 sobre menores estadounidenses (de cero a ocho años) coloca la media diaria frente a una pantalla en dos horas y veintisiete minutos. Pero el promedio engaña: los niños de hogares con ingresos inferiores a 50000 dólares pasan 3 horas y 48 minutos al día con pantallas, frente a 1 hora y 52 minutos en hogares por encima de 100000. Casi el doble. Entre adolescentes, otra investigación encontró en 2024 que el 73% de los menores de los hogares más pobres usaba TikTok, frente al 59% en los de renta alta. En una encuesta de adultos de 2025, TikTok era la única plataforma cuya penetración caía con el nivel educativo: alrededor del 40% entre quienes tenían secundaria o algo de universidad, y el 29% entre los graduados.

Entre 2021 y 2023, el 55% de los adolescentes estadounidenses cuyos padres no pasaron de la secundaria declaraba cuatro o más horas diarias de pantalla; entre hijos de universitarios, el 45,2%. La población que gana más de cuatro veces el umbral de pobreza federal declaraba un 7,4% de depresión; los hogares por debajo del umbral, un 22,1%. Para los datos españoles, los informes del INE y del CIS muestran gradientes parecidos por renta y nivel educativo, aunque aportan menos datos desagregados por intensidad de uso de redes algorítmicas concretas.

De todas formas, conviene tratar estas cifras con cuidado para no caer en el pánico moral o en el titular fácil de “los pobres miran más el móvil”. Sobre todo porque el debate académico sobre si las redes causan una epidemia de salud mental adolescente sigue abierto. Jonathan Haidt sostiene que sí; Candice Odgers contestó que la idea de que las tecnologías digitales están recableando el cerebro de nuestros hijos y causando una epidemia de enfermedad mental no está, de momento, respaldada por la ciencia. Otros autores recuerdan que la mayoría de los efectos detectados son pequeños y heterogéneos.

Y es justo reconocer que los adolescentes de clases populares no son zombis pasivos: en esos feeds también hay reapropiación, construcción y resistencia identitaria y humor corrosivo contra el propio sistema. Dejemos que sea el tiempo quien salde esa discusión metodológica. Lo que sí parece sólido, de momento, es que el gradiente social del uso intensivo es robusto. Aunque no tengamos todavía la certeza de que seis horas diarias de TikTok provocan depresión clínica, esas horas arrebatadas al sueño, al paseo o al aburrimiento se acumulan, sobre todo, en los hogares con menos defensas culturales. Porque la plataforma trabaja mejor cuando la herida ya existe.

Si tienes piscina, no te bañas en una charca


En 2011, Matt Richtel publicó un artículo que describía una escuela Waldorf en California: una escuela sin pantallas, con bolígrafos, papel, agujas de tejer y, ocasionalmente, tierra que se hacía barro. Hasta aquí, una escuela alternativa más. La noticia era el perfil del alumnado. A esa escuela mandaban a sus hijos, contaba Richtel, el director de tecnología de eBay y empleados de Google, Apple, Yahoo y Hewlett-Packard. La gente que diseña el algoritmo eligía (y elige), para su propia descendencia, una infancia que se parece mucho a las aulas Montessori de las que hablaba hace unos meses, y poco a las minas de extracción digital de las que hablaba la semana pasada.

No es el único caso. Las biografías de Silicon Valley están llenas de capataces arrepentidos y creadores abstemios. Walter Isaacson ya contó que en casa de Steve Jobs no había iPads, sino cenas largas en mesas de madera y libros. Bill Gates prohibió los móviles a sus hijos hasta los catorce años, y exdirectivos de plataformas como Facebook o medios como Wired han repetido en público que no permiten a sus hijos acercarse a los bucles de dopamina que ellos mismos diseñaron. Señores lo bastante listos como para leer el menú de su propio restaurante. Y lo bastante ricos como para no comer en él.

Alrededor de todo esto, del mundo de la desconexión digital, ha florecido además un pequeño mercado de fricción premium. El Light Phone III, un terminal minimalista en riguroso blanco y negro, restringido a llamadas y mensajes, por el que toca desembolsar cerca de setecientos dólares (y aguardar meses para recibirlo). El Mudita Kompakt, de tinta electrónica, anda por los cuatrocientos.

El Brick, un imán físico que bloquea aplicaciones, cuesta sesenta. El Daylight Computer, un ordenador con pantalla de papel electrónico que rebasa alegremente los setecientos dólares. Sumemos a esto el coste de las suscripciones premium (YouTube Premium, Spotify, los muros de pago en la prensa). Su promesa básica es librarte del acoso publicitario a cambio de una cuota al mes. El trato de fondo es viejo y despiadado: el tiempo del que no paga es la mercancía; el tiempo del que paga queda blindado. En el mercado actual, la fricción se ha convertido en un bien posicional de auténtico lujo.

Por ese mismo carril, la industria tecnológica nos tira a la cara multitud de herramientas para iOS y Android. Aplicaciones diseñadas (y esto tiene su gracia) para gestionar nuestra desconexión cobrándonos una suscripción. Cosas como Freedom, que bloquea a lo bruto sitios web y apps; Opal, que recorta agresivamente tu tiempo de pantalla evaluando tu concentración; o Forest, que tira de gamificación plantando arbolitos virtuales si aguantas sin tocar el móvil. Todas operan bajo esta lógica de pagar por funciones avanzadas. Nadie discute que, a nivel técnico, funcionan estupendamente para frenar el impulso hiperconectivo (tienen sus listas blancas y sus métricas detalladas). Pero exigen una lectura política urgente. En el fondo, delegan el peso de la resistencia atencional al simple abono de un peaje. Mercantilizan tu capacidad de desconectarte y replican, letra por letra, las lógicas de consumo neoliberal de las que supuestamente venían a salvarte.

Y aquí Bourdieu vuelve a asomar la cabeza, porque tiene conceptos que le vienen a la escena como un guante. Pensemos primero en las “estrategias de reconversión”. Ya nos avisó de que las clases dominantes no tienen un pelo de ingenuas: en cuanto un símbolo de distinción se vuelve accesible para la mayoría, recogen los bártulos y buscan otro. Si todo el mundo lee, lo exclusivo pasa a ser la lectura hermética. Si la universidad se llena, la élite se muda al posgrado extranjero. Hoy pasa exactamente igual. Vivir pegado a una pantalla es la condición plebeya por antonomasia (como lo es hincharse a ultraprocesados). Así que el lujo ha mutado hacia el extremo opuesto. El estatus reside ahora en no tener pantallas, llevar un dumbphone, pagar un colegio privado sin wifi o cultivar celosamente la fricción. El recurso escaso dejó de ser el acceso; ahora es, simple y llanamente, la sustracción.

El otro concepto clave es el “capital simbólico”. Soltar en una cena que tu hija de doce años no tiene móvil ha dejado de ser motivo de vergüenza. Hoy es un galardón, una marca clara de pertenencia al grupo de los que “saben”. Y, como ocurre con cualquier forma de capital simbólico, requiere una red previa: tener dinero, saber sortear la basura algorítmica, rodearte de familias que compartan la praxis y, sobre todo, tener la espalda ancha para aguantar que tu hija quede fuera del grupo de WhatsApp del instituto.

Luego está el tema de la “doxa”. Eso que damos por sentado, la realidad que ni nos planteamos debatir. Nuestra doxa contemporánea es la hiperconectividad perpetua: el mensaje que exige respuesta ya, el correo abierto en canal, el scroll ansioso del feed. Si cuestionas el dogma pasas a ser el bicho raro, un asceta trasnochado o un privilegiado (según quién te juzgue). Lo brillante del sistema es que la doxa funciona mejor cuanto más invisible resulta. Triunfa justo cuando nadie pregunta por qué demonios un crío de diez años necesita llevar un smartphone. Plantear esa pregunta en voz alta, hoy en día, exige atesorar muchísimo capital simbólico para que no te tomen por lunático.

Porque además de lo económico, para saber que existen esos “teléfonos tontos” o esas “apps que ponen límites” hay que leer cierta prensa tecnológica, o tener cierto capital cultural. Para saber que conviene poner el móvil en escala de grises hay que tener a alguien que te lo cuente, o pertenecer a foros donde eso se comente. Para apuntar a un hijo a una escuela sin pantallas hay que tener red social suficiente para enterarse de que esa escuela existe, y tiempo y medios para llevarlo porque seguramente no estará cerca de tu casa.

Para sustituir TikTok por un curso de cerámica, una biblioteca pública con horario decente o un club de lectura, hace falta un ecosistema cultural alrededor del cuerpo. En definitiva: si has heredado ese ecosistema, te sale gratis; si no, salir de la charca de la deriva digital se parece a aprender un idioma nuevo siendo adulto y con trabajo mañana y tarde. El habitus no se compra de un día para otro: se incorpora durante décadas y se transmite. La distinción contemporánea, más que en el palco de la ópera, se ejerce hoy en decisiones como retrasar el primer móvil de tus hijos tantos años como puedas. Y en poder educarlos en su buen uso cuando finalmente lo tengan.

Escapar de la deriva digital o sálvese quien pueda


Casi todas las recetas dominantes para “desintoxicarse” cargan sobre el individuo. Apaga las notificaciones, ponte el modo monocromo, hazte un detox digital de fin de semana, lee un libro, sal a correr… De hecho, en gran parte de los textos de esta newsletter, si lo pensamos, es lo que he predicado. Por eso hoy intento desmentir esa falsa simetría, esa que se vende como si todos partiéramos de las mismas condiciones para tomar “mejores decisiones”.

El capitalismo actual es un régimen que ha colonizado el sueño y las pausas: el ideal contemporáneo es un trabajador siempre disponible, y para los que están abajo en la escala laboral (los riders, quien depende económicamente de una plataforma, las labores de cuidados, el comercio precario…) esa disponibilidad permanente es directamente la condición del salario. Judy Wajcman, en Esclavos del tiempo, complementa el cuadro: no todos los tiempos sociales son iguales, y la aceleración se vive de manera radicalmente distinta según se tenga o no autonomía sobre la propia jornada. El profesor universitario que escribe esto puede obviar el móvil dos horas porque su trabajo se lo permite. Un rider que espera su turno, no.

Como documenta Virginia Eubanks en La automatización de la desigualdad, la tecnología digital rara vez representa un espacio de ocio para las clases más vulnerables, a diferencia de lo que ocurre en las clases medias. Para los primeros, lo digital se traduce en barreras burocráticas: la oficina de empleo exclusivamente virtual, el sistema automatizado que decide sobre la concesión de una beca o el chatbot que reemplaza la atención humana de un trabajador social. En este sentido, la obligatoriedad de interactuar con el algoritmo se consolida, en sí misma, como un marcador de clase.

En el otro extremo de la cadena, la dinámica de exclusión se repite mediante cientos de miles de trabajadores invisibles y mal remunerados que entrenan esos algoritmos que luego percibimos como mágicos. Otro “colonialismo de datos”: una minoría se apropia de la vida cotidiana convertida en información, sin reconocer dicha extracción y presentándola como un avance inevitable. Tal y como ocurrió históricamente con las tierras, las materias primas o la fuerza de trabajo, un fenómeno no natural que obedece a decisiones estructurales concretas que tienen claros beneficiarios.

Y la degradación cultural que el modelo impone se nota incluso en zonas donde uno no la espera, como la música. Liz Pelly, en Mood Machine, explica cómo Spotify ha empujado la escucha hacia listas funcionales (chill vibes, focus, relajación, peaceful piano…) pobladas con piezas baratas y casi intercambiables. Destapó un programa interno llamado Perfect Fit Content, pensado para abastecer playlists de música utilitaria con grabaciones de productoras opacas a coste mínimo. La propia Spotify incluso reconoce que un titular de derechos puede aceptar un royalty más bajo a cambio de prioridad algorítmica. La cultura convertida en hilo musical del trabajo precario era esto: canciones de fondo para seguir rindiendo, o para descansar sin salir del circuito.

Kyle Chayka, en Mundofiltro, lo denomina el aplanamiento algorítmico: la cultura sin aristas que acompaña, no interrumpe y no exige (también lo exploramos para series y cine). Perfecta para quien no tiene tiempo para pensar en esto. Herramientas contraproductivas que, una vez rebasado cierto umbral, renuncian a estar al servicio de la vida para forzarnos a reorganizar nuestra existencia en torno a ellas. De esta dinámica hay muchísimo en la gran promesa digital: artefactos presuntamente nacidos para ahorrarnos tiempo que terminan colonizando nuestra vida entera.
Abundantes son (o deberían serlo) las derivadas políticas de todo lo que aquí os vengo planteando. La solución ya no pasa (solo) por “educar al usuario”, despachar el expediente montando talleres de “uso responsable” en la escuela pública, o sentarnos a leer el Kiribati mientras los hijos de los directivos juegan al ajedrez con piezas de madera.

Lo que verdaderamente toca es legislar el diseño estructural de las plataformas: límites duros a los patrones oscuros, veto a la publicidad personalizada a menores, auditoría pública de los sistemas de recomendación, fiscalidad sobre la extracción de datos, soberanía tecnológica y fortalecimiento de infraestructuras culturales no algorítmicas (bibliotecas, radios comunitarias, federaciones de software libre, redes sociales públicas o cooperativas, escuelas que puedan retrasar la pantalla sin parecer anacrónicas ni clasistas). Sé que suena a utopía, fundamentalmente porque habitamos un sistema económico empeñado en decretar su inviabilidad. Sin embargo, la alternativa real (seguir rogándole al individuo más precarizado que ejerza una soberanía atencional que la propia arquitectura del sistema le deniega) equivale a la perversa burla digital de pedirle a un obrero de una fábrica en 1890 que incorpore la quinoa a su dieta.

Y lo reconozco: yo mismo vivo dentro de la contradicción. Trabajo con tecnología, escribo y publico en una plataforma que empieza a oler a mierdificación, y difundo mis reflexiones a través de las mismas redes que conforman el paisaje que detesto, aunque mi propósito sea dinamitarlas. Sostener un compromiso y una integridad absolutos resulta poco menos que quimérico. No obstante, defiendo a ultranza que existen márgenes y distintos grados de exposición. Aún encontramos familias con capacidad adquisitiva para costearse el apagón publicitario, colegios que logran retrasar el desembarco del dispositivo, círculos de amistades que todavía prescriben un buen ensayo antes que la enésima app o influencer, o barrios donde un adolescente tiene más de una cosa que hacer cuando sale de clase. Y hay una mayoría para la que la deriva digital funciona como tantas otras derivas del capitalismo tardío: no porque la desee especialmente, sino porque está ahí, abierta, barata y diseñada para reemplazar todo lo que falta.

Termino volviendo a Madison y a aquel hombre del bordillo con su cubo de pollo frito. Para él, el sistema, desde otro lugar, decidió que su barrio o su empleo precario fueran así. Y todo fluyó “naturalmente” para que se comiera aquel cubo gigante con la mirada perdida. La deriva digital, de igual modo, no es una marea democrática que nos arrastra a todos por igual. Hay charcas y hay piscinas. La primera es el resultado de muchas decisiones hidráulicas que se toman muy lejos de donde está el barro, por otra gente, con otros nombres. Gente con buenas piscinas. Y quien tiene piscina mira la charca desde lejos, teoriza sobre ella y se atreve a publicar textos (o vender apps) sobre cómo salir de ella. Pero quien se reboza en tierra mojada posiblemente no necesite eso: necesita que el agua corra.

Hace casi diez años pasé una temporada en Madison, Wisconsin, en una de esas estancias de investigación que tan bien quedan en el currículum y tan poco entiende la familia. Madison es una ciudad pequeña para lo que son las ciudades en las Américas, universitaria, con varios lagos en medio y dos extremos sociales que se tocan sin mezclarse demasiado. Aprendí a moverme entre ellos casi sin querer, porque salía a correr por las tardes y los fines de semana caminaba sin rumbo tras comprar verduras en el Farmers’ Market. Mis itinerarios solían atravesar barrios que parecían ciudades distintas separadas por una avenida.

En la zona del campus y en los suburbios del oeste (Shorewood Hills y las calles arboladas que bajan hacia el Mendota) había mucha gente que podríamos denominar como gente fit. Carriles bici, buenos gimnasios, mujeres con leggings de marca empujando carritos caros del Whole Foods, hombres mayores que parecían cincuenta y tenían setenta. Cuerpos cuidados, ligeros y atléticos. Si uno se alejaba hacia el sur o hacia las zonas obreras del este, el paisaje humano cambiaba con brusquedad. Más volumen corporal, más cansancio, otras formas de andar. Y, sobre todo, otra forma de comer. Donde la clase media alta tenía una tienda de productos frescos cada dos manzanas, en los barrios menos pudientes había, sobre todo, Taco Bell, McDonald’s, Dairy Queen y gasolineras con refrescos del tamaño de un cubo.

Una tarde cuando volvía a casa, paseando, vi a un hombre muy grande sentado en un bordillo, comiendo pollo frito de un cubo casi más grande que él, con la mirada perdida en el aparcamiento de uno de esos establecimientos. Me llamó la atención porque no había visto nunca jamás un cubo de ese tamaño. No había nada que juzgar en él, pero no podía dejar de contemplar la escena, una tarde de un miércoles cualquiera a eso de las cuatro. A pocas calles, un grupo de runners con auriculares y relojes carísimos hacía trabajo de series junto al lago.

Las dos escenas no estaban conectadas per se, pero esa diferencia entre el del pollo y los corredores es de las cosas que más he comentado con gente al volver aquí, porque era algo muy visible. Tanto que durante toda mi estancia lo constaté muchas veces más. Cuando pienso ahora en aquellas escenas me parecen parte de una postal del siglo XXI entero: dos cuerpos, dos paisajes, dos rentas, dos formas de habitar el mismo país. Y, encima, una conversación pública casi siempre dispuesta a insistir en que el problema del hombre del bordillo es su fuerza de voluntad. Podría estar corriendo, no atiborrándose de pollo frito.

Los datos que podemos manejar para justificar mis observaciones son tan aburridos como claros: la obesidad adulta en Estados Unidos afecta al 31,6% de quienes tienen un título universitario y al 44,6% de quienes no pasaron de la secundaria. Entre los hijos de padres con estudios universitarios, la prevalencia infantil rondaba hace unos años el 9,6%; en los hogares con estudios mínimos, se disparaba al 21,6%. Más del doble. La obesidad estadounidense (no dudo que fuera también), como era de esperar, se reparte por barrio, por horario, por sueldo o por planificación urbana hostil al peatón... Es decir, por condiciones de posibilidad. Nunca es azarosa.

Aquellos paseos y las intuiciones que llevo años rumiando me parecen ahora la espina dorsal de casi todo lo que escribo aquí. Comer fast food de forma habitual no es (solo) una mala decisión personal, es algo que forma parte del paisaje, del contexto, algo estructural. Y casi diez años después… estoy convencido de que en internet está pasando exactamente lo mismo.

La hamburguesa atencional


Las plataformas algorítmicas funcionan hoy como el gran fast food de nuestra economía atencional. Resultan ubicuas. Coste cero. Son hiperpalatables y esconden una densidad estimulante salvaje, lo cual disimula estupendamente su vergonzosa falta de nutrientes. Tienen una arquitectura (idéntica a la de un ultraprocesado cualquiera) diseñada para reventar los circuitos de recompensa más arcaicos. Y lo hacen con una agresividad a la que ni un ensayo, ni un disco clásico, ni un largometraje pueden ni quieren aspirar. Tim Wu lo cuenta bien en Comerciantes de atención: esa parte de internet que es “gratis” es el último episodio de una larga historia que empieza con la prensa barata del XIX y pasa por la radio comercial y la televisión por cable.

Y el trato apenas se ha movido un milímetro: entretenimiento regalado a cambio de tu tiempo, que luego se subasta al postor que ponga más dinero. Ya sabemos que la publicidad existe desde siempre. Pero su nivel de afinación actual resulta puramente quirúrgico. El algoritmo de TikTok o los Reels frente a la tele tradicional... es el mismo salto que darías de una patata asada a un bote de Pringles. Pura ingeniería de laboratorio. Diseñada para que el siguiente mordisco sea innegociable. Para que no haya stop.

Aquí entra Bourdieu, que es a quien hoy voy a llevar todo el rato dándole vueltas por debajo. Su sociología ya nos avisó (mirando cosas como qué comemos, qué arte consumimos o qué deporte hacemos, bastante antes de que la web asomara la cabeza) que el gusto no cae de las nubes. En contra del clásico mito romántico, el gusto se hereda, se entrena y funciona ante todo como herramienta de exclusión. El capital económico (lo que puedes pagar), el cultural (lo que has leído o mamado en casa) y el social (con quién te juntas) nunca operan aislados. Se trenzan para formar un habitus.

Esa forma de estar en el mundo que a los privilegiados les brota de forma natural, pero que expulsa a cualquiera que mire desde los márgenes. Bourdieu ya enseñó que eso que llamamos "alta cultura" funciona como una barrera de facto.

Nadie va a prohibirte entrar físicamente en una galería o sentarte en un auditorio. Lo que pasa es que están organizados de tal modo que ahí dentro no entiendes nada, y esa incomprensión te recuerda rápidamente de dónde vienes. La trampa (magistral y perversa al mismo tiempo) es que el sistema genera su propia legitimidad. El que está dentro cree que es puro mérito suyo. Y el que se queda fuera asume que el fallo es exclusivamente suyo (el clásico y doloroso "yo es que de esto no entiendo"). Eso es distinción. O, diciéndolo con sus palabras, violencia simbólica. Una desigualdad estructural que se ha interiorizado tanto que acaba por parecer el destino natural de las cosas.

En La distinción asoma otro concepto fundamental para entender el desastre de los feeds. Me refiero a eso que Bourdieu bautizó como “gusto de necesidad”. Lo formuló prestando atención justamente a la comida. Observó que las clases populares, arrinconadas por la urgencia material, acababan prefiriendo lo abundante, lo calórico. Eso que te llena rápido y cuesta poco. No era ninguna elección libre que pudiéramos comparar alegremente con el refinamiento burgués. Era un mero acople subjetivo ante una carencia objetiva y material. El cuerpo acaba interiorizando el deseo por aquello que el bolsillo le permite tolerar, y luego lo disfraza bajo la etiqueta de “esto es lo que me gusta”. Ese gusto de necesidad transforma la coerción de la estructura en una preferencia íntima. Y, de paso, regala una coartada moral para despreciar a los que menos tienen, acusándolos de no saber elegir.

Es difícil encontrar una metáfora mejor para describir la actual maquinaria algorítmica. TikTok, los Shorts o los Reels son la versión digital de ese grasiento cubo de pollo frito. Cantidades ingentes de contenido, saturación pura de estímulos y un diseño milimétrico pensado para horarios astillados. El formato ideal para la espera en la parada del bus, los quince minutos de pausa laboral, o ese cansancio crónico que te imposibilita leer cincuenta páginas seguidas.

Si miramos la superficie, el acceso a la red ha vivido una democratización bochornosa (por desgracia, casi cualquier menor occidental lleva hoy una pantalla encima). Pero el uso real (qué aparato en concreto, durante cuánto tiempo, con qué fricciones, bajo qué tipo de acompañamiento o con qué otras alternativas al alcance) se ha estratificado de un modo que me recuerda demasiado a cómo se alimentaba la gente de Madison.

Casi todas las cifras apuntan en esa dirección. Un informe del año 2025 sobre menores estadounidenses (de cero a ocho años) coloca la media diaria frente a una pantalla en dos horas y veintisiete minutos. Pero el promedio engaña: los niños de hogares con ingresos inferiores a 50000 dólares pasan 3 horas y 48 minutos al día con pantallas, frente a 1 hora y 52 minutos en hogares por encima de 100000. Casi el doble.

Entre adolescentes, otra investigación encontró en 2024 que el 73% de los menores de los hogares más pobres usaba TikTok, frente al 59% en los de renta alta. En una encuesta de adultos de 2025, TikTok era la única plataforma cuya penetración caía con el nivel educativo: alrededor del 40% entre quienes tenían secundaria o algo de universidad, y el 29% entre los graduados.

Entre 2021 y 2023, el 55% de los adolescentes estadounidenses cuyos padres no pasaron de la secundaria declaraba cuatro o más horas diarias de pantalla; entre hijos de universitarios, el 45,2%. La población que gana más de cuatro veces el umbral de pobreza federal declaraba un 7,4% de depresión; los hogares por debajo del umbral, un 22,1%. Para los datos españoles, los informes del INE y del CIS muestran gradientes parecidos por renta y nivel educativo, aunque aportan menos datos desagregados por intensidad de uso de redes algorítmicas concretas.

De todas formas, conviene tratar estas cifras con cuidado para no caer en el pánico moral o en el titular fácil de “los pobres miran más el móvil”. Sobre todo porque el debate académico sobre si las redes causan una epidemia de salud mental adolescente sigue abierto. Jonathan Haidt sostiene que sí; Candice Odgers contestó que la idea de que las tecnologías digitales están recableando el cerebro de nuestros hijos y causando una epidemia de enfermedad mental no está, de momento, respaldada por la ciencia. Otros autores recuerdan que la mayoría de los efectos detectados son pequeños y heterogéneos.

Y es justo reconocer que los adolescentes de clases populares no son zombis pasivos: en esos feeds también hay reapropiación, construcción y resistencia identitaria y humor corrosivo contra el propio sistema. Dejemos que sea el tiempo quien salde esa discusión metodológica. Lo que sí parece sólido, de momento, es que el gradiente social del uso intensivo es robusto. Aunque no tengamos todavía la certeza de que seis horas diarias de TikTok provocan depresión clínica, esas horas arrebatadas al sueño, al paseo o al aburrimiento se acumulan, sobre todo, en los hogares con menos defensas culturales. Porque la plataforma trabaja mejor cuando la herida ya existe.

Si tienes piscina, no te bañas en una charca


En 2011, Matt Richtel publicó un artículo que describía una escuela Waldorf en California: una escuela sin pantallas, con bolígrafos, papel, agujas de tejer y, ocasionalmente, tierra que se hacía barro. Hasta aquí, una escuela alternativa más. La noticia era el perfil del alumnado. A esa escuela mandaban a sus hijos, contaba Richtel, el director de tecnología de eBay y empleados de Google, Apple, Yahoo y Hewlett-Packard. La gente que diseña el algoritmo eligía (y elige), para su propia descendencia, una infancia que se parece mucho a las aulas Montessori de las que hablaba hace unos meses, y poco a las minas de extracción digital de las que hablaba la semana pasada.

No es el único caso. Las biografías de Silicon Valley están llenas de capataces arrepentidos y creadores abstemios. Walter Isaacson ya contó que en casa de Steve Jobs no había iPads, sino cenas largas en mesas de madera y libros. Bill Gates prohibió los móviles a sus hijos hasta los catorce años, y exdirectivos de plataformas como Facebook o medios como Wired han repetido en público que no permiten a sus hijos acercarse a los bucles de dopamina que ellos mismos diseñaron. Señores lo bastante listos como para leer el menú de su propio restaurante. Y lo bastante ricos como para no comer en él.

Alrededor de todo esto, del mundo de la desconexión digital, ha florecido además un pequeño mercado de fricción premium. El Light Phone III, un terminal minimalista en riguroso blanco y negro, restringido a llamadas y mensajes, por el que toca desembolsar cerca de setecientos dólares (y aguardar meses para recibirlo). El Mudita Kompakt, de tinta electrónica, anda por los cuatrocientos.

El Brick, un imán físico que bloquea aplicaciones, cuesta sesenta. El Daylight Computer, un ordenador con pantalla de papel electrónico que rebasa alegremente los setecientos dólares. Sumemos a esto el coste de las suscripciones premium (YouTube Premium, Spotify, los muros de pago en la prensa). Su promesa básica es librarte del acoso publicitario a cambio de una cuota al mes. El trato de fondo es viejo y despiadado: el tiempo del que no paga es la mercancía; el tiempo del que paga queda blindado. En el mercado actual, la fricción se ha convertido en un bien posicional de auténtico lujo.

Por ese mismo carril, la industria tecnológica nos tira a la cara multitud de herramientas para iOS y Android. Aplicaciones diseñadas (y esto tiene su gracia) para gestionar nuestra desconexión cobrándonos una suscripción. Cosas como Freedom, que bloquea a lo bruto sitios web y apps; Opal, que recorta agresivamente tu tiempo de pantalla evaluando tu concentración; o Forest, que tira de gamificación plantando arbolitos virtuales si aguantas sin tocar el móvil. Todas operan bajo esta lógica de pagar por funciones avanzadas.

Nadie discute que, a nivel técnico, funcionan estupendamente para frenar el impulso hiperconectivo (tienen sus listas blancas y sus métricas detalladas). Pero exigen una lectura política urgente. En el fondo, delegan el peso de la resistencia atencional al simple abono de un peaje. Mercantilizan tu capacidad de desconectarte y replican, letra por letra, las lógicas de consumo neoliberal de las que supuestamente venían a salvarte.

Y aquí Bourdieu vuelve a asomar la cabeza, porque tiene conceptos que le vienen a la escena como un guante. Pensemos primero en las “estrategias de reconversión”. Ya nos avisó de que las clases dominantes no tienen un pelo de ingenuas: en cuanto un símbolo de distinción se vuelve accesible para la mayoría, recogen los bártulos y buscan otro. Si todo el mundo lee, lo exclusivo pasa a ser la lectura hermética. Si la universidad se llena, la élite se muda al posgrado extranjero. Hoy pasa exactamente igual. Vivir pegado a una pantalla es la condición plebeya por antonomasia (como lo es hincharse a ultraprocesados). Así que el lujo ha mutado hacia el extremo opuesto.

El estatus reside ahora en no tener pantallas, llevar un dumbphone, pagar un colegio privado sin wifi o cultivar celosamente la fricción. El recurso escaso dejó de ser el acceso; ahora es, simple y llanamente, la sustracción.

El otro concepto clave es el “capital simbólico”. Soltar en una cena que tu hija de doce años no tiene móvil ha dejado de ser motivo de vergüenza.

Hoy es un galardón, una marca clara de pertenencia al grupo de los que “saben”. Y, como ocurre con cualquier forma de capital simbólico, requiere una red previa: tener dinero, saber sortear la basura algorítmica, rodearte de familias que compartan la praxis y, sobre todo, tener la espalda ancha para aguantar que tu hija quede fuera del grupo de WhatsApp del instituto. Luego está el tema de la “doxa”.

Eso que damos por sentado, la realidad que ni nos planteamos debatir. Nuestra doxa contemporánea es la hiperconectividad perpetua: el mensaje que exige respuesta ya, el correo abierto en canal, el scroll ansioso del feed. Si cuestionas el dogma pasas a ser el bicho raro, un asceta trasnochado o un privilegiado (según quién te juzgue). Lo brillante del sistema es que la doxa funciona mejor cuanto más invisible resulta. Triunfa justo cuando nadie pregunta por qué demonios un crío de diez años necesita llevar un smartphone. Plantear esa pregunta en voz alta, hoy en día, exige atesorar muchísimo capital simbólico para que no te tomen por lunático.

Porque además de lo económico, para saber que existen esos “teléfonos tontos” o esas “apps que ponen límites” hay que leer cierta prensa tecnológica, o tener cierto capital cultural. Para saber que conviene poner el móvil en escala de grises hay que tener a alguien que te lo cuente, o pertenecer a foros donde eso se comente. Para apuntar a un hijo a una escuela sin pantallas hay que tener red social suficiente para enterarse de que esa escuela existe, y tiempo y medios para llevarlo porque seguramente no estará cerca de tu casa. Para sustituir TikTok por un curso de cerámica, una biblioteca pública con horario decente o un club de lectura, hace falta un ecosistema cultural alrededor del cuerpo.

En definitiva: si has heredado ese ecosistema, te sale gratis; si no, salir de la charca de la deriva digital se parece a aprender un idioma nuevo siendo adulto y con trabajo mañana y tarde. El habitus no se compra de un día para otro: se incorpora durante décadas y se transmite. La distinción contemporánea, más que en el palco de la ópera, se ejerce hoy en decisiones como retrasar el primer móvil de tus hijos tantos años como puedas. Y en poder educarlos en su buen uso cuando finalmente lo tengan.

Escapar de la deriva digital o sálvese quien pueda


Casi todas las recetas dominantes para “desintoxicarse” cargan sobre el individuo. Apaga las notificaciones, ponte el modo monocromo, hazte un detox digital de fin de semana, lee un libro, sal a correr…

De hecho, en gran parte de los textos de esta newsletter, si lo pensamos, es lo que he predicado. Por eso hoy intento desmentir esa falsa simetría, esa que se vende como si todos partiéramos de las mismas condiciones para tomar “mejores decisiones”. El capitalismo actual es un régimen que ha colonizado el sueño y las pausas: el ideal contemporáneo es un trabajador siempre disponible, y para los que están abajo en la escala laboral (los riders, quien depende económicamente de una plataforma, las labores de cuidados, el comercio precario…) esa disponibilidad permanente es directamente la condición del salario. Judy Wajcman, en Esclavos del tiempo, complementa el cuadro: no todos los tiempos sociales son iguales, y la aceleración se vive de manera radicalmente distinta según se tenga o no autonomía sobre la propia jornada. El profesor universitario que escribe esto puede obviar el móvil dos horas porque su trabajo se lo permite. Un rider que espera su turno, no.

Como documenta Virginia Eubanks en La automatización de la desigualdad, la tecnología digital rara vez representa un espacio de ocio para las clases más vulnerables, a diferencia de lo que ocurre en las clases medias. Para los primeros, lo digital se traduce en barreras burocráticas: la oficina de empleo exclusivamente virtual, el sistema automatizado que decide sobre la concesión de una beca o el chatbot que reemplaza la atención humana de un trabajador social. En este sentido, la obligatoriedad de interactuar con el algoritmo se consolida, en sí misma, como un marcador de clase.

En el otro extremo de la cadena, la dinámica de exclusión se repite mediante cientos de miles de trabajadores invisibles y mal remunerados que entrenan esos algoritmos que luego percibimos como mágicos. Otro “colonialismo de datos”: una minoría se apropia de la vida cotidiana convertida en información, sin reconocer dicha extracción y presentándola como un avance inevitable. Tal y como ocurrió históricamente con las tierras, las materias primas o la fuerza de trabajo, un fenómeno no natural que obedece a decisiones estructurales concretas que tienen claros beneficiarios.

Y la degradación cultural que el modelo impone se nota incluso en zonas donde uno no la espera, como la música. Liz Pelly, en Mood Machine, explica cómo Spotify ha empujado la escucha hacia listas funcionales (chill vibes, focus, relajación, peaceful piano…) pobladas con piezas baratas y casi intercambiables.

Destapó un programa interno llamado Perfect Fit Content, pensado para abastecer playlists de música utilitaria con grabaciones de productoras opacas a coste mínimo. La propia Spotify incluso reconoce que un titular de derechos puede aceptar un royalty más bajo a cambio de prioridad algorítmica. La cultura convertida en hilo musical del trabajo precario era esto: canciones de fondo para seguir rindiendo, o para descansar sin salir del circuito. Kyle Chayka, en Mundofiltro, lo denomina el aplanamiento algorítmico: la cultura sin aristas que acompaña, no interrumpe y no exige (también lo exploramos para series y cine). Perfecta para quien no tiene tiempo para pensar en esto. Herramientas contraproductivas que, una vez rebasado cierto umbral, renuncian a estar al servicio de la vida para forzarnos a reorganizar nuestra existencia en torno a ellas. De esta dinámica hay muchísimo en la gran promesa digital: artefactos presuntamente nacidos para ahorrarnos tiempo que terminan colonizando nuestra vida entera.


Abundantes son (o deberían serlo) las derivadas políticas de todo lo que aquí os vengo planteando. La solución ya no pasa (solo) por “educar al usuario”, despachar el expediente montando talleres de “uso responsable” en la escuela pública, o sentarnos a leer el Kiribati mientras los hijos de los directivos juegan al ajedrez con piezas de madera. Lo que verdaderamente toca es legislar el diseño estructural de las plataformas: límites duros a los patrones oscuros, veto a la publicidad personalizada a menores, auditoría pública de los sistemas de recomendación, fiscalidad sobre la extracción de datos, soberanía tecnológica y fortalecimiento de infraestructuras culturales no algorítmicas (bibliotecas, radios comunitarias, federaciones de software libre, redes sociales públicas o cooperativas, escuelas que puedan retrasar la pantalla sin parecer anacrónicas ni clasistas).

Sé que suena a utopía, fundamentalmente porque habitamos un sistema económico empeñado en decretar su inviabilidad. Sin embargo, la alternativa real (seguir rogándole al individuo más precarizado que ejerza una soberanía atencional que la propia arquitectura del sistema le deniega) equivale a la perversa burla digital de pedirle a un obrero de una fábrica en 1890 que incorpore la quinoa a su dieta.

Y lo reconozco: yo mismo vivo dentro de la contradicción. Trabajo con tecnología, escribo y publico en una plataforma que empieza a oler a mierdificación, y difundo mis reflexiones a través de las mismas redes que conforman el paisaje que detesto, aunque mi propósito sea dinamitarlas.

Sostener un compromiso y una integridad absolutos resulta poco menos que quimérico. No obstante, defiendo a ultranza que existen márgenes y distintos grados de exposición. Aún encontramos familias con capacidad adquisitiva para costearse el apagón publicitario, colegios que logran retrasar el desembarco del dispositivo, círculos de amistades que todavía prescriben un buen ensayo antes que la enésima app o influencer, o barrios donde un adolescente tiene más de una cosa que hacer cuando sale de clase. Y hay una mayoría para la que la deriva digital funciona como tantas otras derivas del capitalismo tardío: no porque la desee especialmente, sino porque está ahí, abierta, barata y diseñada para reemplazar todo lo que falta.

Termino volviendo a Madison y a aquel hombre del bordillo con su cubo de pollo frito. Para él, el sistema, desde otro lugar, decidió que su barrio o su empleo precario fueran así. Y todo fluyó “naturalmente” para que se comiera aquel cubo gigante con la mirada perdida. La deriva digital, de igual modo, no es una marea democrática que nos arrastra a todos por igual. Hay charcas y hay piscinas. La primera es el resultado de muchas decisiones hidráulicas que se toman muy lejos de donde está el barro, por otra gente, con otros nombres. Gente con buenas piscinas. Y quien tiene piscina mira la charca desde lejos, teoriza sobre ella y se atreve a publicar textos (o vender apps) sobre cómo salir de ella. Pero quien se reboza en tierra mojada posiblemente no necesite eso: necesita que el agua corra.v